Entrevista a Juan Marichal
"EL EXILIO NO ES UNA ECUACIÓN CUYO RESULTADO SIEMPRE SEA IGUAL A DISTINCIÓN"

Juan Marichal es uno de los intelectuales, en el sentido más clásico de esta palabra, que más se ha ocupado de la cumbre cultural que ha supuesto la II República y sus personajes, como Azaña, Ortega y Unamuno. Nacido en 1922 en Tenerife, casado con Solita Salinas -hija del poeta Pedro Salinas-, muy joven tuvo que partir al exilio, a París, a México, y finalmente a Estados Unidos, donde fue discípulo de Américo Castro y profesor durante decenios en la Universidad de Harvard, es uno de los principales representantes del exilio cultural español. Entre otras muchas obras, ha escrito "La vocación de Manuel Azaña" y "El intelectual y la política en España (1898-1939)".

 

F. Rodríguez y P. López / Septiembre de 2001 / Revista POLÍTICA Nº 45

POLÍTICA. Antes de pasar a otras cuestiones, nos gustaría saber, dado que usted ha vivido y ejercido como profesor durante mucho tiempo en la Universidad de Harvard, su impresión sobre los atentados en Estados Unidos, y sus consecuencias.
JUAN MARICHAL. Es algo muy perturbador para los norteamericanos, pues es la primera agresión externa que reciben en su propio territorio continental, en ciudades tan simbólicas como son Nueva York y Washington, con la agravante que supone que haya 6000 muertos, casi todos desaparecidos, que no pueden ser enterrados, que no tienen féretro. Creo que ha habido un cambio cualitativo respecto a la época de Reagan, y creo que ahora Bush se ha dado cuenta de que Estados Unidos no está solo en el mundo, que no lo tienen en el bolsillo.

Ortega, Marías y los vetos franquistas

P. Gregorio Morán ha escrito "Un maestro en el erial", libro muy polémico, pero refleja el desierto cultural que fue el franquismo…
J.M. Sí, pero yo tengo que decir lo siguiente: que me parece un libro muy injusto, porque no conoce lo que pasó aquí. Ahí se habla mucho de Julián Marías, pero no se le puede tomar como modelo o símbolo de lo que eran muchos intelectuales o profesionales que trabajaron mucho pero que no figuraban. Por ejemplo, Rafael Lapesa, quien fue el primer español que yo conocí en Estados Unidos, que viniera de España; fue un gran trabajador, y en absoluto un figurón. En el caso de Dámaso Alonso, por ejemplo, durante bastantes años no pudo ser académico porque tenía el veto de Franco, veto originado en que había un fichero de los que habían sido más o menos rojos durante la guerra. No creo que esa actitud sea justa con mucha gente que trabajó con muy pocos medios.
Ortega mismo contribuyó a ese erial, en el sentido de que Ortega se autoproyectaba él mismo, hasta el punto de que un amigo suyo, y mío, decía: "A Ortega no se le puede elogiar, porque Ortega es como el poeta Virgilio, es decir, el elogio no es bastante, ¿cómo se atreve a elogiarme, si soy mucho más que lo que me alaba?".
En el caso de Marías, se identificó con el ABC republicano, donde publicó sus primeros artículos, en el ABC que dirigía un amigo mío, Elfidio Alonso, una persona extraordinaria que ha muerto hace poco, pero siguió identificado con el ABC, ya bajo Franco, siempre con el ABC, y sigue ahí. Los demás han cambiado, pero él no. Con él me pasó una cosa muy sintomática: le invité a dar una conferencia en Harvard, sobre Ortega, titulada "El nuevo Ortega". Lo pasé muy mal en la conferencia, porque yo miraba a mis estudiantes y veía que casi todos se estaban marchando porque Marías no sabía que ellos habían leído a Ortega, por lo que resultaba que el nuevo Ortega para ellos no era nada nuevo.
Yo estimo a Marías como persona, pero creo que no se da cuenta cómo son los demás. Pagó las consecuencias de no haber querido de no haber querido prestar el juramento que había que dar en la época de Franco para ser catedrático. Tierno Galván, por ejemplo, que era un cínico, sí lo prestó, y le importaba un pepino. Al no hacerlo, Marías quedó aislado de los estudiantes españoles, sin saber cómo iban variando esos estudiantes. Él ve al estudiante actual como si fuera el de 1950. Por eso, desgraciadamente, muchas de sus páginas son anacrónicas.
P. El libro de Gregorio Morán y otros han servido para despertar un cierto debate y contraponer lo que fue la cultura en tiempos de la República, lo que fue aquella Universidad y lo que significaba el exilio frente a lo que había en aquella España…
J.M. Yo he vivido todo eso muy directamente, porque tuve la fortuna de ser alumno de instituto en la época republicana, y esto es algo que constituyó para mí un tesoro que yo me llevé de España. Me pasó una cosa muy divertida en Francia; en una de esas composiciones que hay que escribir y que luego el profesor devuelve corregidas, cosa que no pasa en España, este me formuló una pregunta: "¿Cuándo ha leído usted a Kant? No está en el programa". Y es que yo había leído a Kant en España en el bachillerato, en quinto me parece recordar.
Luego, los exiliados, en algunos sitios, como México, fueron acogidos por el gobierno, no por el pueblo, en unas condiciones que yo también disfruté. Gracias al exilio, yo tuve profesores que lo habían sido en Barcelona y en Madrid, como si estudiara en las dos facultades a la vez. Pero creo que no hay que ostentar que se estuvo en el exilio. Mi maestro mexicano, Edmundo Gorman, me enseñó una lección que no he dejado de meditar: "Y no critiquen ustedes demasiado a los muertitos porque no pueden contestar". Aquí a veces hay gente que hace que las voces del exilio sean mayores de lo que han sido. Se ha magnificado a algunos personajes, en detrimento de otros. Creo que todo lo que sea mirar demasiado hacia atrás es peligroso, por lo menos para España, porque hay mucho que descubrir hacia delante.

Exilio: Soledad y tiempo

P. Aquí siempre ha habido un combate del liberalismo por llevar a España hacia la modernidad, y siempre ha habido unas fuerzas combatiendo ese esfuerzo, como usted conoce muy bien. Es el caso de Manuel Azaña, quien tenía una serie de proyectos modernizadores que hay quien dice que se han cumplido todos. ¿Cuál es su parecer sobre esta cuestión?
J.M. No es así. El otro día, Solita y yo fuimos a pasear por el lugar que más amamos en Madrid, que es el Jardín Botánico. Allí están mis amigos, como les llamo yo, los fundadores del Jardín, de finales del XVIII y principios del XIX, en estatua. Va uno leyendo, y ve que fulanito era director del Botánico, hasta que en 1823 tuvo que exiliarse en… Y es que prácticamente todos se vieron obligados a irse, aunque luego volvieran. Es indudable que lo del liberalismo y la modernidad es así. Pero hay muchos españoles por descubrir, como sabía muy bien Azaña, como don Toribio Núñez, bibliotecario de la Universidad de Salamanca, que tuvo que esconderse en el palacio de los duques de Alba en Piedrahita, y luego irse a Sevilla, donde murió. Esto es un poco lo que pasa con Blanco White, que lo ha transformado Juan Goytisolo en propiedad particular: Hay muchos otros. Creo que no conviene contraponer a unos y a otros.
Una anécdota estupenda que acabo de descubrir es sobre Ramón y Cajal. Él trabajaba, escribía, iba a las tertulias, y yo me preguntaba como tenía tiempo para hacer tanto. Sé que Marañón pudo dedicarse a tantas cosas porque dormía cuatro horas, aparte de tener una esposa muy trabajadora para él. En cuanto a Cajal, he leído que él tenía automóvil y chófer, pues había obtenido el premio Nobel en 1906, y así iba de un lado a otro sin pérdidas de tiempo. Pues bien, a Cajal tendrían que resaltarlo los médicos. Cajal surgió en una España que parecía decaída. Yo siento que ahora hay muchos Cajales inéditos.
Otro caso de injusticia grande ha sido la sucedida a José María Ferrater, en el exilio. Hay que tener en cuenta que el exilio es algo muy peligroso, porque da soledad y tiempo, y algunos de quienes he conocido en el exilio no soportaban tener ambas condiciones. Ferrater sí supo usarlas, gracias a las bibliotecas de Estados Unidos. Sin embargo, la Universidad de Barcelona se negó sistemáticamente a conceder el doctorado honoris causa a Ferrater. Fue el mismo Pujol quien le preguntó: Usted, que ha escrito tanto, ¿por qué no ha escrito en catalán? Supongo que Ferrater le contestaría que escribir en castellano permite llegar a toda América, a todo el mundo. Sólo al final, la universidad de Girona, como dice ahora, honra a Ferrater con unos seminarios.
Cuando pienso en la comodidad de la vida de María Zambrano, que siempre ha tenido mecenas que la han mantenido, y las penalidades que han pasado otros, por ejemplo, me mueve a apuntar que no debe endiosarse la situación del exiliado, porque algunos no han hecho nada. Como me decía Ferrater, si tuviéramos la tertulia de Barcelona en Filadelfia, y la biblioteca de Filadelfia en Barcelona… No todos los exiliados fueron premios Nobel como Severo Ochoa.
Don Américo Castro, mi maestro, a quien considero un genio, que estaba herido de muerte por la muerte de la República, se dijo a sí mismo: tengo que no morirme, mientras que otros estaban en el exilio, pero no hicieron nada, porque el exilio era muy duro.
P. Sobre todo, en el ámbito académico no hubo facilidades para nadie, únicamente los que llegaron muy jóvenes y empezaban de nuevo. Pero hubo personas que aquí eran una autoridad en su especialidad y que no pudieron retomar ese nivel profesional…
J.M. Yo en mi caso, he tenido lo que yo llamo loterías. Mi suegro, Pedro Salinas, cuando me nombraron profesor de Harvard, a los 27 años de edad, lo que no era propio de la categoría que me daban, me decía: "A usted le ha tocado la lotería". Porque yo no había hecho nada tan importante como para recibir ese nombramiento. Y he tenido otras loterías, como la de casarme con Solita. Pero yo me siento muy humilde en ese sentido porque he tenido la fortuna de que me tocara la lotería varias veces, pero lo que me molesta es que algunos crean que exilio es igual a distinción, que es una ecuación automática.